
Ví como el chaval corría con unos papeles enrollados en la mano, por la acera opuesta a la mía. Por un momento me dieron ganas de enganchar el rollo de papeles y buscar la meta por algún lado, o en su defecto pasar el testigo a otro.
Nunca había visto correr tanto a un tipo trajeado. La corbata se movía en ondas hacía detrás como si fuera la lengua de un perro. ¡Debí de hacer una foto!, tanto móvil para luego nada.
"¿Dónde irá?" todos lo pensábamos, incluso un par de abuelillas se pararon a mirar. Yo tenía la certeza de que su jefe se había enterado de que robaba folios de la oficina, y huía en dirección a México. Las abuelillas (aún a riesgo de parecer mala malísima), creo que esperaban a que la policía le hiciera un placaje estilo rugby ¡yija!, para luego poder contarlo en la peluquería.
El momento álgido llegó, cuando atravesó la carretera cual kamikaze. Me gustaría poder haber tenido una bolsa de pipas, porque aquello se estaba poniendo interesante: pitazos, frenazos, insultos. El cabreo era tan grande, que un taxista casi se tira por la ventanilla intentando hacerle un corte de mangas.
Pasó por mi lado a la velocidad con que una tostadora escupe cuando le das al STOP. Su cara era lo más parecido a un "rojo semáforo", y su frente tenía tanto sudor, que si le llega a caer una bolsita de "manzanilla Hornimans" habría hecho una infusión en segundos.
Me giré, vi la luz, la respuesta al acertijo: UN AUTOBÚS URBANO.
El autobusero estaba aparcado en doble fila, está claro que vio al chaval trajeado, con cara de tomate, testigo en mano, corbata ondeande y frente chorreante, pero no le importó. Justo cuando nuestro kamikaze particular llegaba a la puerta del autobús, este se puso en marcha ¿y a que no sabéis qué? sí, efectivamente, salió corriendo detrás del autobús. Se que es surrealista porque uno corría, el otro no frenaba y los demás pitaban, pero allí estaba él, hasta que no pudo más y se paró en seco, sujetando sus rodillas como si se fuesen a partir.
¡Uy! pobre, todos nos quedamos defraudados. Si hubiese corrido un poco más, se podría haber enganchado al espejo retrovisor del autobús. ¡Mechachis! tirando sobrepeso (chaqueta, corbata, camisa, pantalones...) estoy segura de que hubiese llegado, y si no, pues, nos habría alegrado el día ¡sobre todo a las abuelillas!.
En fin, autobusero, eres un poco mamoncete, eso no se hace. Espero que algún día vayas a comprar pescadilla y la señora o señor que esté delante de ti se lleve la ultima. Ale, eso por malo.
