Hay un dicho que reza "Qué bonito día. Seguro que viene alguien y te lo jode".
Esto es aplastantemente cierto y se hace aún más cuando prácticamente no te has acostado y te dan con una imbecilidad en la boca. ¡Zas!. Lo peor es que el imbécil viene detrás.
Ya lo resumía nuestro amigo Forrest Gump en aquellas dos célebres frases "tonto es el que hace tonterías" y "la vida es como una caja de bombones". Sí, los imbéciles hacen imbecilidades y me tocan a mí todos juntos en esa apretada puta caja que es mi día. La reflexión de las gambas del otro gran filósofo "Bubba" lo dejaremos para otro desparrame.
Cuando la imbecilidad va unida a la estupidez y, ambas, a su vez, se alían con un teléfono móvil, podemos pronosticar con seguridad que desearemos no habernos levantado (o seguir de "afterhour" por ahí). Llamadas sin ton ni son, preguntas que se contestan solas o, simplemente, cuestiones sin importancia para el resto de los mortales pero que para el que tiene nuestro número de teléfono, el tiempo y el poco tacto suficiente, es necesario plantear en el momento más inoportuno posible. Y además espera una respuesta satisfactoria.
Al menos, antes, cuando no había teléfonos móviles (sí, he vivido esa época) te encontrabas los imbéciles por la calle, igual que ahora, pero requería su pericia hacer como que mirabas para otro lado para no pegártela o haber adquirido el máster de doblador de esquinas. Un giro de 90 grados a paso moderado no es tan sencillo como parece, oiga. Incluso disfrutabas eludiendo a ese vecino pesado que todo el mundo tiene pasando por delante de su verja con la cabeza gacha, en la creencia de que si tú no miras él no te verá a ti, y tratando de convencer a su caniche asesino de que no hay razón para berrear de esa forma.
Eran tiempos en los que no llegabas a odiar tu politono favorito que con tanto mimo habías escogido, descargado, cortado o que simplemente te habían endosado por una módica, y casi siempre no prevista, cantidad por mandar un sms a 1234.
Pero no puedo excusarme en otra época. Los imbéciles llegaron para quedarse. "Copulad y multiplicaos", dijo alguien o algo en un momento dado, tiempo ha. Y bien que jodieron los bestias y bien que la jodimos. Está todo plagado de ellos y no hay lugar donde esconderse, esquina donde guarecerse o número de teléfono nuevo que estrenar. Al final te encontrarán y harán reventar tu cabeza con sus afirmaciones sin sentido y sus exigencias absurdas.
No, hemos de enfrentarnos a todos esos que nos piden favores amparados en su supuesta propia inutilidad, en sus "no sé", "yo no sirvo para esto" o "tú que sabes".
No, no puedes someterte al imbécil, porque ellos seguramente estén fingiendo serlo, pero tú, al aceptar su juego, estarás siéndolo.
Esto es aplastantemente cierto y se hace aún más cuando prácticamente no te has acostado y te dan con una imbecilidad en la boca. ¡Zas!. Lo peor es que el imbécil viene detrás.
Ya lo resumía nuestro amigo Forrest Gump en aquellas dos célebres frases "tonto es el que hace tonterías" y "la vida es como una caja de bombones". Sí, los imbéciles hacen imbecilidades y me tocan a mí todos juntos en esa apretada puta caja que es mi día. La reflexión de las gambas del otro gran filósofo "Bubba" lo dejaremos para otro desparrame.
Cuando la imbecilidad va unida a la estupidez y, ambas, a su vez, se alían con un teléfono móvil, podemos pronosticar con seguridad que desearemos no habernos levantado (o seguir de "afterhour" por ahí). Llamadas sin ton ni son, preguntas que se contestan solas o, simplemente, cuestiones sin importancia para el resto de los mortales pero que para el que tiene nuestro número de teléfono, el tiempo y el poco tacto suficiente, es necesario plantear en el momento más inoportuno posible. Y además espera una respuesta satisfactoria.
Al menos, antes, cuando no había teléfonos móviles (sí, he vivido esa época) te encontrabas los imbéciles por la calle, igual que ahora, pero requería su pericia hacer como que mirabas para otro lado para no pegártela o haber adquirido el máster de doblador de esquinas. Un giro de 90 grados a paso moderado no es tan sencillo como parece, oiga. Incluso disfrutabas eludiendo a ese vecino pesado que todo el mundo tiene pasando por delante de su verja con la cabeza gacha, en la creencia de que si tú no miras él no te verá a ti, y tratando de convencer a su caniche asesino de que no hay razón para berrear de esa forma.
Eran tiempos en los que no llegabas a odiar tu politono favorito que con tanto mimo habías escogido, descargado, cortado o que simplemente te habían endosado por una módica, y casi siempre no prevista, cantidad por mandar un sms a 1234.
Pero no puedo excusarme en otra época. Los imbéciles llegaron para quedarse. "Copulad y multiplicaos", dijo alguien o algo en un momento dado, tiempo ha. Y bien que jodieron los bestias y bien que la jodimos. Está todo plagado de ellos y no hay lugar donde esconderse, esquina donde guarecerse o número de teléfono nuevo que estrenar. Al final te encontrarán y harán reventar tu cabeza con sus afirmaciones sin sentido y sus exigencias absurdas.
No, hemos de enfrentarnos a todos esos que nos piden favores amparados en su supuesta propia inutilidad, en sus "no sé", "yo no sirvo para esto" o "tú que sabes".
No, no puedes someterte al imbécil, porque ellos seguramente estén fingiendo serlo, pero tú, al aceptar su juego, estarás siéndolo.
1 comentarios:
Soy testigo
Publicar un comentario en la entrada